viernes, 9 de enero de 2009

Aprendizaje decembrino

Antes de que lo olvide (el señor Alzheimer corre tras de mí), quisiera compartir con ustedes un consejo que surgió de una experiencia pre navideña.

Nunca, nunca, por ningún motivo acepten una invitación a una sobremesa decembrina.

Sea quien sea quien les extienda la invitación (pareja, amistad o guía espiritual), no vayan. Existen interminables actividades que al parecer son menos atractivas, pero que los salvarán de pasar uno de los peores ratos de sus vidas. Bueno, creo que estoy exagerando, pero llegar a una mesa donde los comensales ya tienen los labios morados como evidencia del consumo exagerado de vino tinto es la muerte. Sobre todo si como yo, uno se aparece sobrio en esa atmósfera etílicamente alterada.

Hasta el más admirado de nuestros conocidos actúa vergonzosamente, no falta la compañerita que trata de aconsejarte en el amor y mientras lo hace, refresca tu cara con saliva cual atomizador. Claro que uno se hace un poco hacia atrás para buscar que las atléticas gotitas de baba no alcancen su objetivo, pero la creadora de tan abundante líquido se vuelve a acercar.

Esa noche en particular, los meseros me lanzaban miradas de compasión. Los comensales de otras mesas me suplicaban silenciosamente que controlara a mi kinder en crack y yo, entre avergonzada y arrepentida de haber cambiado mi pijama y la comodidad del sillón de la tele, con impotencia observo cómo quien me invitó, le hace un ademán al mesero y solicita, en una mezcla bizarra entre francés y español y con una copa de sambuca nero en la mano, una botella de champaña para concluir la velada.

Moraleja: háganme caso. Y si resulta imposible evitar la tardía llegada, tómense unos traguitos pegadores para no desentonar.

Cheers,
Jota Beka

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